miércoles, 26 de noviembre de 2014







Abre la puerta y entramos a un cuarto.  “Esta es mi casa”, dice.  “¿Y las puertas?” pienso yo, “¿Cómo se llega al resto de la casa?”  Pero en estos tiempos, uno no ‘va al resto de la casa’; toda la casa está aquí, dentro de estas cuatro paredes.  Ceci, n’est pas une pièce.

En tiempos ultra-modernos (y uso el “ultra” tratando de referirme no sólo a tiempos muy recientes, limitados por el presente, sino a tiempos que van más allá de este), a excepción del tiempo, el espacio se está convirtiendo en el mayor lujo para nosotras, personas de las urbes.

Hoy en día, si quiero una casa grande, tengo que buscar fuera de la ciudad, donde todavía existen lotes grandes; esta expansión, para el gobierno, significa mayores costos en infraestructura de servicios públicos, para mí significa mayores costos de transporte por el resto de la vida, y para el planeta…. ¡para el planeta eso sí que significa un lujo! 

Como arquitectos urbanos, debemos idear entonces cómo dar al público las facilidades que quiere/requiere con un costo accesible, es decir: dentro del pequeño espacio disponible. 

No me las tiro de visionaria (ni me va ni me sale), pero en estas épocas ultra-modernas es difícil no ver en las ciudades la necesidad de replantear la forma en la cual se conciben los espacios de vida, no sólo en términos de su ubicación en la urbe, sino replantear su misma esencia, su concepción como vivienda.  En épocas antiguas, el esquema típico de vivienda era el de tres cuartos, dos baños, comedor, sala, cocina, etc… todos conocemos el prototipo, y la gran mayoría hemos vivido en uno.  Más recientemente, se cambió este prototipo por uno que acomodara nuevos estilos de vida (familias uniparentales, parejas sin intención de tener hijos o diversos otros esquemas de co-habitar), y nuevas realidades espaciales y económicas dentro de la ciudad, achicando el prototipo anterior pero, básicamente, manteniéndolo dentro de la sombra del original.  ¿Realmente resuelve este prototipo las necesidades vivenciales de habitación del público ultra-moderno?  Comme ci, comme ça.  




Estos nuevos prototipos que vemos son, además, como en cualquier otra ciudad ultra-moderna latinoamericana, huellas globalizadas de una forma extranjera de hacer ciudad.  Vemos erigidas réplicas de modelos arquitectónicos y urbanos que no son nuestros y, por lo tanto, no responden a nuestras necesidades específicas como pueblo, en términos urbanísticos .  Si no han sido concebidos con nosotros en mente, ¿cómo esperamos que estos modelos habitacionales de identidad esterilizada, globalizada y uniformada respondan a nuestras necesidades particulares?  Bueno, pero si este prototipo de vivienda generado por la fase del capitalismo postindustrial estadounidense funciona en otros lugares, para otras personas, debería de funcionar para nosotros también; una vivienda es una vivienda, ¿no?

Veamos por un momento la pipa de Magritte:




Muchos interpretan la obra como si la oración “Ceci, n’est pas une pipe“ se refiere a que, efectivamente, lo que vemos no es una pipa, sino una imagen de una pipa.  A mí me parece más interesante, en cambio, una de las interpretaciones que hace Michel Foucault en su ensayo “Esto no es una pipa”: tenemos una imagen de una pipa y una declaración que, a primera vista, parece corregir a cualquiera que piense que esto es una pipa.  El asunto es: ¿qué es “esto”?  Foucault plantea que el “esto” de la oración de Magritte se refiere a la oración misma, y no a la imagen.  Algo así como “esto [oración] no es una pipa; vean, aquí hay una pipa”.

Con esta aparente paradoja, Magritte lo que intenta es más bien evidenciar cómo las imágenes toman un papel principal por sobre las palabras; esto, desde el punto de vista de la semiótica, se traduce en que, para nosotros, las palabras siempre harán referencia al contenido visual al que se asocian, y no a sí mismas.  Entonces, puedo asumir que, al decir yo la palabra “vivienda”, instantáneamente significamos vivienda como la imagen de vivienda que se nos ha plasmado, sea la casa en la que crecimos, o alguna de las últimas modas como condominios amurallados o torres de apartamentos.  Sea cual sea la imagen que se nos venga a la cabeza, lo que impera es la imagen sobre la palabra misma, ¿cierto?  Peut-être…
    
Otro punto interesante es que, según Foucault, para nosotros, los títulos, descripciones y leyendas quedan por fuera de lo considerado ‘interpretable’ en una obra; son tomados como verdades, y como tales están exentos de interpretación alguna.  Al leer “esto no es una pipa”, re-pensamos la interpretación que se le ha dado a la imagen, en vez de cuestionar y re-pensar cuál debe ser la interpretación de la afirmación misma.  ¡Qué aplastante, oh, semiótica esta!  Estamos convirtiendo el término “vivienda” en significante, y la imagen de vivienda, globalizada y producida en masa, en significado y, encima, tomamos esta descripción (“vivienda”) de estos espacios como una verdad absoluta.  Al necesitar reinterpretar el asunto para acomodarlas a nuestras necesidades, lo único que hacemos es aceptar estos mismos espacios pero viéndolos desde otro ángulo, porque eso es una vivienda.  ¿Sólo yo veo el problema?  ¿No será que debemos re-interpretar la palabra en sí, en vez de la imagen?  ¿No será que debemos disociar esa imagen del concepto?  ¿No será que estamos replanteando nuestra interpretación de la pipa y no del concepto en sí?



¡Si ese prototipo de vivienda que nos venden no es una vivienda, es una interpretación del concepto de vivienda!


¡Listo!  ¡BAM!  ¡Boten toda esta carajada, que nada está funcionando, que estas no son viviendas y que lo que estamos construyendo son interpretaciones de un extranjero muerto!  Me pregunto entonces cómo se podría replantear esta interpretación de la vivienda; cómo se podría replantear esta representación de forma que obtengamos viviendas que realmente respondan y se acoplen a cada individuo de la sociedad, a seres humanos y formas de habitar tan sabrosamente diversos.

Sé que no soy la única que ha tenido estas inquietudes: se han hecho esfuerzos por crear más y más modelos distintos de vivienda. Tal vez como estratagema publicitaria o como real auto-engaño, cada vez más los desarrolladores, arquitectos y constructores están creando viviendas teniendo en mente tipos de usuario que van más allá de “núcleo familiar de 3 personas” y se enfocan más bien en los estilos de vida de estos usuarios; se escuchan cosas como “pareja joven y ecléctica con un gusto por los toques modernistas y un lifestyle saludable, y que no desea tener hijos” o “abuelo solo al que le quedó muy grande su antigua casa, que necesita la practicidad de tener todas las comodidades a su alcance, y le encanta tener pijamadas con sus nietos”.  Digo estratagema publicitaria o auto-engaño porque, a fin de cuentas, tanto los jóvenes eclécticos como el abuelo van a terminar en el mismo apartamento de dos cuartos en una de las torres en San José centro.  En el caso de la pareja, el segundo cuarto hará las de oficina, y en el caso del abuelo, las hará de cuarto para sus nietos; en cualquier caso, sean los desarrolladores o seamos el público, alguien está siendo engañado, porque los resultados de estos nuevos enfoques de diseño son una fresca bocanada de lo mismo.  



No voy a desmeritar los esfuerzos por brindar nuevas respuestas (los que sí son reales, porque sé que los hay), porque ¡qué difícil resolver las necesidades de todo mundo!  Les damos una cosa y quieren otra, les damos la otra, ¡pero después ya no les sirve!  ¡Qué difícil es ser desarrollador!  Quieren soluciones producidas en masa pero pensadas específicamente para cada individuo, pero luego cada individuo cambia de opinión y quiere otra cosa, ¡¿pero quieren uno les solucione anticipadamente lo que vayan a querer después?!  Luego llego a re-diseñar el espacio, ¡y se quejan por pagar nuevamente!  ¡¡¡¡Que se lo hagan ellos!!!!
 

¿Y qué pasa si se lo hacen ellos mismos?


¿Qué pasa si la solución es acabar con la perspectiva jerárquica del arquitecto/constructor/desarrollador, y darle a quien habita el espacio la oportunidad de hacer y deshacer su propia vivienda?  ¿Qué pasa si cada individuo es el único realmente capaz de solventar sus propias necesidades espaciales?

Pensemos en la teoría de la complejidad, y en su visión de la vida cotidiana: cada individuo cumple diariamente con distintos roles sociales; su rol en el trabajo es distinto al que tiene en soledad, al que tiene con amigos, al que tiene con familia, al que tiene con desconocidos, y así sucesivamente.  Ya, en sí mismos, esta multiplicidad de roles o identidades tienen necesidades distintas unos de otros.  A esta multiplicidad de identidades debemos agregarle el factor tiempo, que transforma constantemente cada una de ellas, multiplicando aún más la cantidad de distintas singularidades que puede tener cada individuo.  Si añadimos a esto factores de los cuales depende cada individuo, como la cultura y sociedad, y añadimos cambios que sufren estas a lo largo del tiempo, vemos que el potencial de multiplicación de las singularidades que puede adoptar cada individuo está en crecimiento exponencial.

Cada una de estas singularidades o roles viene con distintas necesidades específicas.  ¿Cómo podemos satisfacer nosotros, como arquitectos, todas esas necesidades actuales y futuras de nuestros clientes?  No podemos.  Como Edgar Morin lo dice, nadie puede ponerse en el “yo” más que por sí mismo, por lo tanto nadie puede conocer y satisfacer todas las necesidades de los clientes más que ellos mismos.  A la vez, los clientes mismos no pueden anticipar cómo cambiarán y que necesidades nuevas tendrán con el pasar del tiempo.  A esto le agregamos el constante cambio de roles que vive cada uno, los diferentes espacios vitales que requiere cada rol y recordamos el lujo que representa el espacio en la ciudades ultra-modernas: necesitamos una infinita cantidad de espacios en un área donde espacio es lo que menos sobra.

Llegan entonces los espacios transformers (perdón por el uso del inglés, pero aquí en tiempos ultra-modernos no hablamos en un solo idioma).


¿Son los espacios transformers
la arquitectura del futuro?





¿Qué tal si, en vez de diseñar según el número de personas que habitarían el espacio, o según el rol social que están cumpliendo esas personas hoy en día, tomamos la premisa de Morin y diseñamos para la multiplicidad de identidades que tomamos los seres humanos diariamente?  ¿O si, mejor aún, se me permite a mí como usuario de mi vivienda re-plantear ese espacio de vida constantemente, según mis necesidades específicas del ahora? …un espacio que se adapte a aquella de mis identidades que, por días, necesita que su espacio vivencial sea una oficina y nada más, sin una cama que estorbe, rayos de sol que distraigan, ni co-habitantes que se espanten por mi estado físico/mental del momento; un verdadero hueco de perdición laboral que haría a varias otras de mis identidades encogerse del disgusto, siendo sus necesidades abismalmente distintas a estas.


“El espacio vivencial es donde se desarrolla y manifiesta la actividad humana. El espacio vivido estará impregnado por una serie de significaciones (…) que son expresión de cada grupo social y de cada individuo. (…)  Se necesita un espacio como escenario y en éste se van presentando y reflejando las actividades humanas.”
- Otto F. Bollnow



¿Qué tal si nos planteamos la vivienda, en vez, como un espacio vivencial, carente así de los tan pesados estereotipos que acarrea la primera?  ‘Espacio vivencial’, no más vivienda.  ¡Sí!  Otro ángulo desde el cual corroer el antiguo prototipo habitacional.  El habitante urbano ultra-moderno le otorga a este espacio nuevas significancias, más allá de ‘vivienda’: oficina, salón de juegos, tienda, aula, gimnasio, taller automotor, restaurante, discoteca, cine, vivero, estudio de grabación, biblioteca, laboratorio, spa, escondite, realidad virtual…  La tecnología nos trae estas facilidades (y consecuentes identidades) a nuestros pies, sin mover un pelo, y ¿cómo responde la arquitectura a esto?


Necesitamos un espacio que sea un aula
  y que sea un bar; que sirva como vivienda,
pero que a la vez no lo sea.




Crear, dentro del espacio vivencial, una zona distinta para cada una de estas actividades, además de ser un lujo inasequible para quienes queremos vivir en la ciudad ultra-moderna, resulta, a menudo, en cuartos vacíos cuando su uso se vuelve obsoleto con el pasar del tiempo.  Es la razón por la que el abuelo que quedó con su espacioso y acogedor nido vacío está teniendo que vivir en una genérica torre de apartamentos a la par de la ‘pareja ecléctica’.  Será bueno tener entonces un espacio complejo, que es uno solo y muchos a la vez, que permita un infinito desorden de posibilidades que sean ordenadas por la presencia de cada identidad distinta de quien le habite.  Uno que le abra al abuelo nuevas posibilidades de transformar y disfrutar de su espacio vivencial en su nueva identidad.





Volvemos entonces a los espacios transformers: sistemas espaciales en los que, en un solo lugar, el espacio mismo reacciona brindando diferentes soluciones y organización según la perturbación creada por su habitante.  Con cada perturbación diferente, surge un espacio diferente.  No más espacios nombrables, damos cabida a los espacios innombrables: el ejecutivo trabaja en su computadora mientras se remoja en la tina desde donde, casualmente, prepara el almuerzo a la vez que participa en un juego de ajedrez con su novia, quien se balancea en una hamaca.  ¿Quiénes somos, como sujetos externos a él, para decir si este espacio funciona o no?  ¿Qué espacio es este?  ¿Es una vivienda, es varios cuartos?  Ceci, n’est pas une pipe, es una interpretación del modelo de vivienda, pero, en este caso, es el habitante quien hace la interpretación según SU modelo de habitar, utilizando cada centímetro del espacio a su máximo potencial y manteniéndolo relevante.



“La casa se transforma, y yo estoy siempre aquí, no me muevo.  La casa se mueve por mí.”
- Gary Chang, habitante del ‘Domestic Transformer


Estos espacios vivenciales, entonces, mediante el uso de cerramientos y superficies movibles, estructuras que a la vez son mobiliario, paredes que son ‘cuartos’, plataformas que surgen de la nada, e incluso juegos de perspectiva anti-gravitacional, crean todo un mundo dentro de un mínimo espacio.  Con un pequeño movimiento, el habitante se encuentra en otro lugar, completamente.

Los espacios transformers constituyen, entonces, la simple respuesta compleja ante las necesidades ultra-modernas; verdaderas soluciones que llegan a ser universos infinitos dentro de espacios muy finitos.

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