Abre la puerta y entramos a un cuarto. “Esta es mi casa”, dice. “¿Y las puertas?” pienso yo, “¿Cómo se llega
al resto de la casa?” Pero en estos
tiempos, uno no ‘va al resto de la casa’; toda la casa está aquí, dentro de
estas cuatro paredes. Ceci, n’est pas une pièce.
En tiempos ultra-modernos (y uso el “ultra” tratando de referirme
no sólo a tiempos muy recientes, limitados por el presente, sino a tiempos que
van más allá de este), a excepción del tiempo, el espacio se está convirtiendo
en el mayor lujo para nosotras, personas de las urbes.
Hoy
en día, si quiero una casa grande, tengo que buscar fuera de la ciudad, donde
todavía existen lotes grandes; esta expansión, para el gobierno, significa mayores
costos en infraestructura de servicios públicos, para mí significa mayores
costos de transporte por el resto de la vida, y para el planeta…. ¡para el
planeta eso sí que significa un lujo!
Como
arquitectos urbanos, debemos idear entonces cómo dar al público las facilidades
que quiere/requiere con un costo accesible, es decir: dentro del pequeño
espacio disponible.
No me las tiro de visionaria (ni me va ni me sale), pero en
estas épocas ultra-modernas es difícil no ver en las ciudades la necesidad de
replantear la forma en la cual se conciben los espacios de vida, no sólo en términos
de su ubicación en la urbe, sino replantear su misma esencia, su concepción
como vivienda. En épocas antiguas, el esquema
típico de vivienda era el de tres cuartos, dos baños, comedor, sala, cocina,
etc… todos conocemos el prototipo, y la gran mayoría hemos vivido en uno. Más recientemente, se cambió este prototipo
por uno que acomodara nuevos estilos de vida (familias uniparentales, parejas sin
intención de tener hijos o diversos otros esquemas de co-habitar), y nuevas
realidades espaciales y económicas dentro de la ciudad, achicando el prototipo
anterior pero, básicamente, manteniéndolo dentro de la sombra del original. ¿Realmente resuelve este prototipo las necesidades
vivenciales de habitación del público ultra-moderno? Comme
ci, comme ça.
Estos nuevos prototipos que vemos son, además, como en cualquier
otra ciudad ultra-moderna latinoamericana, huellas globalizadas de una forma extranjera
de hacer ciudad. Vemos erigidas réplicas
de modelos arquitectónicos y urbanos que no son nuestros y, por lo tanto, no
responden a nuestras necesidades específicas como pueblo, en términos
urbanísticos . Si no han sido concebidos
con nosotros en mente, ¿cómo esperamos que estos modelos habitacionales de identidad
esterilizada, globalizada y uniformada respondan a nuestras necesidades
particulares? Bueno, pero si este
prototipo de vivienda generado por la fase del capitalismo postindustrial
estadounidense funciona en otros lugares, para otras personas, debería de
funcionar para nosotros también; una vivienda es una vivienda, ¿no?
Veamos por un momento la pipa de Magritte:
Muchos interpretan la obra como si la oración “Ceci, n’est pas une pipe“ se refiere a que, efectivamente, lo que vemos no es una pipa, sino una imagen de una pipa. A mí me parece más interesante, en cambio, una de las interpretaciones que hace Michel Foucault en su ensayo “Esto no es una pipa”: tenemos una imagen de una pipa y una declaración que, a primera vista, parece corregir a cualquiera que piense que esto es una pipa. El asunto es: ¿qué es “esto”? Foucault plantea que el “esto” de la oración de Magritte se refiere a la oración misma, y no a la imagen. Algo así como “esto [oración] no es una pipa; vean, aquí hay una pipa”.
Muchos interpretan la obra como si la oración “Ceci, n’est pas une pipe“ se refiere a que, efectivamente, lo que vemos no es una pipa, sino una imagen de una pipa. A mí me parece más interesante, en cambio, una de las interpretaciones que hace Michel Foucault en su ensayo “Esto no es una pipa”: tenemos una imagen de una pipa y una declaración que, a primera vista, parece corregir a cualquiera que piense que esto es una pipa. El asunto es: ¿qué es “esto”? Foucault plantea que el “esto” de la oración de Magritte se refiere a la oración misma, y no a la imagen. Algo así como “esto [oración] no es una pipa; vean, aquí hay una pipa”.
Con esta aparente paradoja, Magritte
lo que intenta es más bien evidenciar cómo las imágenes toman un papel
principal por sobre las palabras; esto, desde el punto de vista
de la semiótica, se traduce en que, para nosotros, las palabras siempre harán
referencia al contenido visual al que se asocian, y no a sí mismas. Entonces, puedo asumir que, al decir yo la
palabra “vivienda”, instantáneamente significamos vivienda como la imagen de
vivienda que se nos ha plasmado, sea la casa en la que crecimos, o alguna de las
últimas modas como condominios amurallados o torres de apartamentos. Sea cual sea la imagen que se nos venga a la
cabeza, lo que impera es la imagen sobre la palabra misma, ¿cierto?
Peut-être…
Otro punto interesante es que, según Foucault, para nosotros, los títulos, descripciones y leyendas quedan por fuera
de lo considerado ‘interpretable’ en una obra; son tomados como verdades, y
como tales están exentos de interpretación alguna. Al leer “esto no es una pipa”, re-pensamos la
interpretación que se le ha dado a la imagen, en vez de cuestionar y re-pensar cuál
debe ser la interpretación de la afirmación misma. ¡Qué aplastante, oh, semiótica esta! Estamos convirtiendo el término “vivienda” en
significante, y la imagen de vivienda, globalizada y producida en masa, en
significado y, encima, tomamos esta descripción (“vivienda”) de estos espacios
como una verdad absoluta. Al necesitar
reinterpretar el asunto para acomodarlas a nuestras necesidades, lo único que
hacemos es aceptar estos mismos espacios pero viéndolos desde otro ángulo, porque eso es una vivienda. ¿Sólo yo veo el problema? ¿No será que debemos re-interpretar la
palabra en sí, en vez de la imagen? ¿No
será que debemos disociar esa imagen del concepto? ¿No
será que estamos replanteando nuestra interpretación de la pipa y no del
concepto en sí?
¡Si ese prototipo de vivienda
que nos venden no es una vivienda, es una interpretación del concepto de
vivienda!
Sé
que no soy la única que ha tenido estas inquietudes: se han hecho esfuerzos por
crear más y más modelos distintos de vivienda. Tal vez como estratagema
publicitaria o como real auto-engaño, cada vez más los desarrolladores,
arquitectos y constructores están creando viviendas teniendo en mente tipos de
usuario que van más allá de “núcleo familiar de 3 personas” y se enfocan más
bien en los estilos de vida de estos usuarios; se escuchan cosas como “pareja joven
y ecléctica con un gusto por los toques modernistas y un lifestyle saludable, y que no desea tener hijos” o “abuelo solo al
que le quedó muy grande su antigua casa, que necesita la practicidad de tener
todas las comodidades a su alcance, y le encanta tener pijamadas con sus
nietos”. Digo estratagema publicitaria o
auto-engaño porque, a fin de cuentas, tanto los jóvenes eclécticos como el abuelo
van a terminar en el mismo apartamento de dos cuartos en una de las torres en
San José centro. En el caso de la
pareja, el segundo cuarto hará las de oficina, y en el caso del abuelo, las
hará de cuarto para sus nietos; en cualquier caso, sean los desarrolladores o
seamos el público, alguien está siendo engañado, porque los resultados de estos
nuevos enfoques de diseño son una fresca bocanada de lo mismo.
No voy
a desmeritar los esfuerzos por brindar nuevas respuestas (los que sí son
reales, porque sé que los hay), porque ¡qué difícil resolver las necesidades de
todo mundo! Les damos una cosa y quieren
otra, les damos la otra, ¡pero después ya no les sirve! ¡Qué difícil es ser desarrollador! Quieren soluciones producidas en masa pero
pensadas específicamente para cada individuo, pero luego cada individuo cambia
de opinión y quiere otra cosa, ¡¿pero quieren uno les solucione anticipadamente
lo que vayan a querer después?! Luego
llego a re-diseñar el espacio, ¡y se quejan por pagar nuevamente! ¡¡¡¡Que se lo hagan ellos!!!!
¿Y qué pasa si se lo hacen ellos
mismos?
¿Qué
pasa si la solución es acabar con la perspectiva jerárquica del arquitecto/constructor/desarrollador,
y darle a quien habita el espacio la oportunidad de hacer y deshacer su propia
vivienda? ¿Qué pasa si cada individuo es
el único realmente capaz de solventar sus propias necesidades espaciales?
Pensemos
en la teoría de la complejidad, y en su visión de la vida cotidiana: cada
individuo cumple diariamente con distintos roles sociales; su rol en el trabajo
es distinto al que tiene en soledad, al que tiene con amigos, al que tiene con
familia, al que tiene con desconocidos, y así sucesivamente. Ya, en sí mismos, esta multiplicidad de roles
o identidades tienen necesidades distintas unos de otros. A esta multiplicidad de identidades debemos
agregarle el factor tiempo, que transforma constantemente cada una de ellas, multiplicando
aún más la cantidad de distintas singularidades que puede tener cada individuo. Si añadimos a esto factores de los cuales
depende cada individuo, como la cultura y sociedad, y añadimos cambios que
sufren estas a lo largo del tiempo, vemos que el potencial de multiplicación de
las singularidades que puede adoptar cada individuo está en crecimiento
exponencial.
Cada
una de estas singularidades o roles viene con distintas necesidades
específicas. ¿Cómo podemos satisfacer
nosotros, como arquitectos, todas esas necesidades actuales y futuras de
nuestros clientes? No podemos. Como Edgar Morin lo dice, nadie puede ponerse
en el “yo” más que por sí mismo, por lo tanto nadie puede conocer y satisfacer todas
las necesidades de los clientes más que ellos mismos. A la vez, los clientes mismos no pueden anticipar
cómo cambiarán y que necesidades nuevas tendrán con el pasar del tiempo. A esto le agregamos el constante cambio de
roles que vive cada uno, los diferentes espacios vitales que requiere cada rol
y recordamos el lujo que representa el espacio en la ciudades ultra-modernas: necesitamos
una infinita cantidad de espacios en un área donde espacio es lo que menos
sobra.
Llegan entonces los espacios transformers (perdón por el uso del inglés,
pero aquí en tiempos ultra-modernos no hablamos en un solo idioma).
¿Son los espacios transformers
la arquitectura del futuro?
¿Qué tal si, en vez de diseñar según el número de
personas que habitarían el espacio, o según el rol social que están cumpliendo
esas personas hoy en día, tomamos la premisa de Morin y diseñamos para la multiplicidad
de identidades que tomamos los seres humanos diariamente? ¿O si, mejor aún, se me permite a mí como
usuario de mi vivienda re-plantear ese espacio de vida constantemente, según mis
necesidades específicas del ahora? …un espacio que se adapte a aquella de mis
identidades que, por días, necesita que su espacio vivencial sea una oficina y
nada más, sin una cama que estorbe, rayos de sol que distraigan, ni
co-habitantes que se espanten por mi estado físico/mental del momento; un
verdadero hueco de perdición laboral que haría a varias otras de mis
identidades encogerse del disgusto, siendo sus necesidades abismalmente
distintas a estas.
“El espacio
vivencial es donde se desarrolla y manifiesta la actividad humana. El espacio
vivido estará impregnado por una serie de significaciones (…) que son expresión
de cada grupo social y de cada individuo. (…)
Se necesita un espacio como escenario y en éste se van presentando y
reflejando las actividades humanas.”
- Otto F. Bollnow
¿Qué tal si nos planteamos la vivienda, en vez, como un espacio vivencial, carente así de los tan pesados estereotipos que acarrea la primera? ‘Espacio vivencial’, no más vivienda. ¡Sí! Otro ángulo desde el cual corroer el antiguo prototipo habitacional. El habitante urbano ultra-moderno le otorga a este espacio nuevas significancias, más allá de ‘vivienda’: oficina, salón de juegos, tienda, aula, gimnasio, taller automotor, restaurante, discoteca, cine, vivero, estudio de grabación, biblioteca, laboratorio, spa, escondite, realidad virtual… La tecnología nos trae estas facilidades (y consecuentes identidades) a nuestros pies, sin mover un pelo, y ¿cómo responde la arquitectura a esto?
Necesitamos un espacio que sea un
aula
y que sea un bar; que sirva como vivienda,
pero que a la vez no lo sea.
Crear, dentro del espacio vivencial, una zona distinta
para cada una de estas actividades, además de ser un lujo inasequible para
quienes queremos vivir en la ciudad ultra-moderna, resulta, a menudo, en
cuartos vacíos cuando su uso se vuelve obsoleto con el pasar del tiempo. Es la razón por la que el abuelo que quedó con
su espacioso y acogedor nido vacío está teniendo que vivir en una genérica
torre de apartamentos a la par de la ‘pareja ecléctica’. Será bueno tener entonces un espacio complejo,
que es uno solo y muchos a la vez, que permita un infinito desorden de
posibilidades que sean ordenadas por la presencia de cada identidad distinta de
quien le habite. Uno que le abra al
abuelo nuevas posibilidades de transformar y disfrutar de su espacio vivencial en
su nueva identidad.
Volvemos entonces a los espacios transformers: sistemas espaciales en los
que, en un solo lugar, el espacio mismo reacciona brindando diferentes soluciones
y organización según la perturbación creada por su habitante. Con cada perturbación diferente, surge un
espacio diferente. No más espacios nombrables,
damos cabida a los espacios innombrables: el ejecutivo trabaja en su
computadora mientras se remoja en la tina desde donde, casualmente, prepara el almuerzo
a la vez que participa en un juego de ajedrez con su novia, quien se balancea
en una hamaca. ¿Quiénes somos, como
sujetos externos a él, para decir si este espacio funciona o no? ¿Qué espacio es este? ¿Es una vivienda, es varios cuartos? Ceci,
n’est pas une pipe,
es una interpretación del modelo de vivienda, pero, en este caso, es el
habitante quien hace la interpretación según SU modelo de habitar, utilizando cada
centímetro del espacio a su máximo potencial y manteniéndolo relevante.
“La casa se transforma, y yo
estoy siempre aquí, no me muevo. La casa
se mueve por mí.”
- Gary Chang, habitante del ‘Domestic Transformer’
Estos espacios vivenciales, entonces, mediante el uso de cerramientos
y superficies movibles, estructuras que a la vez son mobiliario, paredes que
son ‘cuartos’, plataformas que surgen de la nada, e incluso juegos de
perspectiva anti-gravitacional, crean todo un mundo dentro de un mínimo espacio. Con un pequeño movimiento, el habitante se
encuentra en otro lugar, completamente.
Los
espacios transformers
constituyen, entonces, la simple respuesta compleja ante las necesidades ultra-modernas; verdaderas soluciones que llegan a ser universos infinitos dentro de espacios muy finitos.






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